Mala elección

Una de las funciones de la democracia es limitar el poder y controlarlo, esto porque el poder no puede ser absoluto y porque quien o quienes lo ostentan tienden, en la mayoría de los casos, a querer continuar o perpetuarse en esa posición dominante.

Es por esta tendencia que muchos países, desde sus inicios democráticos, han optado por la no reelección de mandatarios, es decir, que un presidente no pueda ser reelecto, por lo menos no en el periodo inmediatamente posterior a su mandato.

Sin embargo, en los últimos meses esta “regla” de la no reelección se ha roto y ha sido pasada a llevar por mandatarios a los cuales se les ha entregado por referéndums o por asambleas constituyentes con procesos muy cuestionados, la potestad de cambiar las reglas a su antojo.

Así ocurrió en Venezuela donde Hugo Chávez logró llevar adelante su idea de la reelección indefinida, también lo logró Evo Morales, en Bolivia, y Daniel Ortega está a punto de montarse en la suya.

Pero el problema es que por más que quienes los vayan a elegir lo hagan por voto popular en elecciones, la democracia se ve profundamente vulnerada pues su objetivo de limitar el poder y controlarlo se va esfumando dando paso a un presidencialismo a ultranza, sin límites, y las constituciones pierden sus poderes supremos transformándose en instrumentos que un gobernante cambia a su antojo.

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